Como dos gotas de agua que caen al suelo sobre un mar de
lluvia, se pierden una y otra vez y desconocen si volverán a encontrarse. Se
alejan y se acercan, sin otra brújula que el frío. Como un copo de nieve tenaz
que se cristaliza con tanta fuerza y estabilidad y, sin embargo, es tan frágil
sobre tus manos. Como una mirada mal disimulada que se desvía con rapidez de su
objetivo pero nunca deja de observar. Como una caricia reprimida que no puede
echarse atrás. Los movimientos tanto tiempo estipulados se salen de su control
y los pensamientos manipulados por sí mismos se vuelven conscientes de la
realidad. Conocedores de lo que está por llegar, aceleran la respiración y el
tempo se pierde por completo. Los nervios afloran y las manos que tocaban
comienzan a temblar. El estridente sonido retumba por todo el lugar y un par de
manos aplauden la obra de precoz final. Los dedos se deslizan por las teclas
hasta dejarse caer al agua. La partitura se encharca y todo vuelve al comienzo.
Nada ha ocurrido, la meta es el punto de salida.
Pero en esta ocasión, las gotas se encuentran y nadie sabe
por qué. Por primera vez, la nieve no se deshace y los dedos siguen tocando,
jugando con las teclas y saboreando cada sonido con éxtasis. Con cada compás se
escapa un suspiro y una sonrisa con cada sostenido. La música no deja de sonar,
buscando poder ahogarse en los brazos y asfixiarse en las caricias. Cada nota
se convierte en una pincelada del cuadro más bello que mis dedos puedan
interpretar. El aire se esfuma y todo se hunde, tratando de encontrar ese punto
en el que las gotas de agua se encontraron, en el que dos almas conectaron.