sábado, 30 de mayo de 2015

¿Lo has oído? El canto de los pájaros tratando de llamar tu atención. Envidiosos. Les cortaría las alas para enseñarles quién manda, pero sé que no es necesario. No pueden alcanzarnos. Nada puede llegar a la altura que tú y yo conquistamos juntos. Ningún ave, ningún ser. Esa altura a la que me trasladas cuando me rodeas con tus cálidos brazos, cuando me pierdo en ellos.
La niña dentro de mí tiene miedo a no ser capaz de huir, a no poder salir. Está asustada por no encontrar la salida a ese laberinto apacible y cómodo que la llena de felicidad y tranquilidad. Nunca ha conocido nada semejante. Convencida de que es una mentira, un paisaje inventado, quizás por sí misma, para mantenerla alejada del mundo, para no sentir dolor; palpa las paredes con la mezcla de miedo y esperanza a que todo ese laberinto desaparezca, a que sólo sea un buen sueño que recordar cuando despierte en el infierno y pueda retozar con la amabilidad de los sueños dulzones. No quiere perderse, sólo se tiene a sí misma.
Pero a mí no me importa. No me importa vagar por ese laberinto sin encontrar una salida. Ojalá no exista. Cada vez me adentro más y más en ese laberinto cuyas paredes son tus caricias, cuyas enredaderas son tus abrazos y cuyos caminos sin salida son tus besos que me impiden dar marcha atrás. Quiero conocer cada palmo de ese laberinto hasta ser capaz de perderme en él por completo, de no encontrar la salida jamás.

Porque ya no puedo escuchar a los pájaros cantar. Porque ya no puedo ver a los pájaros volar. Porque ya no puedo ver el cielo ni el suelo. Las plantas y sombras me cubren y rodean, acorralan mi cuerpo agazapado sin dudarlo un instante. Ya no encuentro el camino que me aparte de ti, y no hay mejor muerte que ésa.
Tus manos juguetonas se deslizan por aquellos paisajes agrestes, aquellas pequeñas curvas cuyos secretos sólo son revelados a ti. La luna y sus compañeras, traviesas, desprenden su débil luz en el sudor de esta noche de fulgor, lo suficiente para iluminar tus movimientos, lo suficiente para que la noche siga siendo sólo nuestra. Intento apartar de mi cabeza el deseo irrefrenable de apartar la mirada, pero es inevitable. Miro al cielo, a esas estrellas traicioneras que nos observan con curiosidad y parsimonia. Su presencia me hace morderme el labio. Las odio. Cuánta ansiedad me produce el simple planteamiento del infinito número de estrellas. ¿Habrá tantísimos seres como tú y como yo, que empezarían a ser felices al conocerse, pero viviendo en mundos diferentes? Qué triste es que la persona que haría que disfrutaras de la vida esté tan lejos, tan inalcanzable. Qué triste es, aún más, saberlo y no poder estar junto a ella. La ignorancia es el consuelo del infeliz. Me pregunto hasta qué punto es necesario derrochar tantas palabras en pos de mi propio consuelo. La ignorancia me hará feliz pero, ¿quiero ser feliz en un mundo falso e ignorante? ¿En mi propio mundo?

Clavo mis uñas con más ahínco y escondo mi cabeza en tu pecho. La calidez que emanas es reconfortante pero ¿hasta cuándo? ¿Llegará un momento en el que nada me reconforte, de nuevo? ¿Un momento en el que el cansancio y la desesperanza superen a la voluntad, y me encierre en mí misma de nuevo? Un momento dulce y apacible en el que toda preocupación se desvanezca, en el que una sonrisa efímera marque un final lleno de dolor para unos, y calma para esa sonrisa que se desvanece cual hoja otoñal, cual viento primaveral; esa sonrisa de rendición a la vida.