miércoles, 10 de abril de 2019

Derrumbando los cimientos

Soñé que el mundo era frío y los sueños eternos. El largo invierno llegó para quedarse mientras espalda contra espalda observaban su mutuo reflejo. La nieve cayó y la ventisca arañó la piel que tanto tardó en cicatrizar.

El tacto cálido derritió el hielo, provocó incendios y trajo consigo una primavera jamás esperada. Asustó a la osada noche y despertó al tímido sol. Hizo estremecer los pilares del castillo que había necesitado siglos para su construcción.

Pero entonces todo se detuvo y todo se volvió cristalino: el desgarro de un corazón en llamas, unas pisadas de sangre en la arena y una mirada que no pude encontrar. Era consciente de que la calma previa a la tormenta se cernía sobre nosotros, mas nunca quise verlo hasta que comenzó a diluviar, hasta que los truenos resquebrajaron cada trozo de tierra que habías conseguido arar. La tierra infértil trató de sobrevivir a la tormenta. Puso cada nutriente que ya escaseaba en pos de una nueva oportunidad.

Pero, ¿qué oportunidad puedes darle a unas manos ensangrentadas? Por muy cálidas que sean, ¿merecen ser perdonadas mientras el río escarlata siga fluyendo?

Pero, ¿y después? ¿Semejante mancha puede ser limpiada, o quedarán siempre restos sobre tus manos? ¿Conocerán la piedad, o se sumirán en la autocompasión? ¿Repetirán la masacre o se llenarán de lágrimas?

De todas las armas con las que luchas, el silencio es sin duda la más violenta. Convierte cada momento en un sufrimiento y cada movimiento en puro caos, que a su vez destroza todo a su paso. A cada segundo que pasa destruye con mayor ahínco la ínfima y desgastada esperanza. 

Los trazos que compusieron una viva imagen pierden su nitidez y comienzan a desvanecerse. Todos los recuerdos se vuelven borrosos, como si nunca hubiesen ocurrido. Como en un teatro de marionetas, el telón cae y la obra llega a su final. Y, tras esto, todos los espectadores marchan a casa, conocedores de los falsos acontecimientos y sabiendo que sus vidas no cambiarán. Ignorarán lo que han visto pues mayor importancia no ha tenido. Saben perfectamente que al día siguiente habrá una nueva obra, una nueva trama, una nueva diversión, y todo seguirá adelante.

Nadie se percatará de la ausencia de las marionetas desgastadas, las muñecas incapaces de actuar tras tantos golpes. El telón caerá y subirá una y otra vez, y solo podrán observar desde la lejanía cómo han sido dejadas atrás.  

Y si sigues en la obra, estás de suerte, porque yo ya estoy rota.

miércoles, 30 de enero de 2019

Ghost

Hay un fantasma bajo mi cama. Un espectro que no se apiada. Hunde sus dedos en mi carne al caer la noche, intentando encontrar cada rastro de sangre que pueda quedar. En su búsqueda insistente de vida, nada puede encontrar. No permite que abandone, la osadía no es una opción. La amarga lucha no parece tener fin en las noches frías y enfermas. Resuena la melodía de unos dedos cobardes que se aproximan con cautela a unas cuerdas rotas tiempo atrás. Los golpes desafían con esmero a cada estrella refulgente de cielo. La luna observa impasible cada movimiento, oscureciéndose en armonía con los ojos desesperados que piden auxilio.

Hasta que dejan de hacerlo. Las uñas desgastadas se clavan, rasgando y arrancando todo lo que encuentren a su paso: ropa, carne, sangre. El rojo borbotea y escapa junto a los gemidos. Los crujidos del blanco no son ya escuchados. La pobre y barata imitación de una vida que se esfuma con la noche, los restos de un cuerpo que ya a nadie esconden.

¿A quién pretendes engañar con tu absurdo papel? ¿Quién quedará para recoger el polvo y las cenizas dejados por una destrucción infame y despreciable?

Carne y hueso se funden al alba, espectro que se desvanece bajo la oscuridad de mi cama. Solo quedan el silencio y los jadeos agotados de un juguete roto. Unos ojos que resurgen de la masacre y nunca se abrirán.

El final que una sonrisa artificial no pudo soportar.