El tacto cálido derritió el hielo, provocó incendios y trajo
consigo una primavera jamás esperada. Asustó a la osada noche y despertó al
tímido sol. Hizo estremecer los pilares del castillo que había necesitado
siglos para su construcción.
Pero entonces todo se detuvo y
todo se volvió cristalino: el desgarro de un corazón en llamas, unas pisadas de
sangre en la arena y una mirada que no pude encontrar. Era consciente de que la
calma previa a la tormenta se cernía sobre nosotros, mas nunca quise verlo
hasta que comenzó a diluviar, hasta que los truenos resquebrajaron cada trozo
de tierra que habías conseguido arar. La tierra infértil trató de sobrevivir a
la tormenta. Puso cada nutriente que ya escaseaba en pos de una nueva
oportunidad.
Pero, ¿qué oportunidad puedes
darle a unas manos ensangrentadas? Por muy cálidas que sean, ¿merecen ser
perdonadas mientras el río escarlata siga fluyendo?
Pero, ¿y después? ¿Semejante
mancha puede ser limpiada, o quedarán siempre restos sobre tus manos? ¿Conocerán
la piedad, o se sumirán en la autocompasión? ¿Repetirán la masacre o se
llenarán de lágrimas?
De todas las armas con las que
luchas, el silencio es sin duda la más violenta. Convierte cada momento en un
sufrimiento y cada movimiento en puro caos, que a su vez destroza todo a su paso.
A cada segundo que pasa destruye con mayor ahínco la ínfima y desgastada
esperanza.
Los trazos que compusieron una
viva imagen pierden su nitidez y comienzan a desvanecerse. Todos los recuerdos
se vuelven borrosos, como si nunca hubiesen ocurrido. Como en un teatro de
marionetas, el telón cae y la obra llega a su final. Y, tras esto, todos los
espectadores marchan a casa, conocedores de los falsos acontecimientos y
sabiendo que sus vidas no cambiarán. Ignorarán lo que han visto pues mayor
importancia no ha tenido. Saben perfectamente que al día siguiente habrá una
nueva obra, una nueva trama, una nueva diversión, y todo seguirá adelante.
Nadie se percatará de la ausencia
de las marionetas desgastadas, las muñecas incapaces de actuar tras tantos
golpes. El telón caerá y subirá una y otra vez, y solo podrán observar desde la
lejanía cómo han sido dejadas atrás.
Y si sigues en la obra, estás de
suerte, porque yo ya estoy rota.