martes, 26 de junio de 2018

Solsticio de verano

Es solo una noche de verano más. Una en la que la mente grita y los músculos palpitan. Una de las primeras noches de este esperado verano que parece no llegar nunca. La noche más corta se convirtió en la más larga, y el amanecer anunció su sentencia. El silencio se hizo eterno ante preguntas sin respuesta. Las mentiras y verdades fueron calladas, pues a veces es mejor no decir nada.

El ritmo se aceleró y la respiración se volvió forzada. Los pulmones que se llenan con la fría brisa de la mañana tras una noche a recordar, ocupan un pecho inquieto.

Sin embargo, no pasaba nada. El sueño apaciguaría las dudas y la lucha, hasta que se vio derrotado por un viejo amigo. Y con él, regresaron la noche y los gritos que, aun siendo silenciosos, componían una sinfonía aterradora, un soneto olvidado.

Blanco a rojo en ambos bandos y un contacto doloroso pero extrañado. Un apretón que suplicaba lo que nunca fue concedido. Una mano rechazada y un puñal ensangrentado. Una pieza de puzzle metida a la fuerza lejos de su lugar. Un patrón escrito y desechado por miedo a perder algo valioso. Dos espaldas cuyas manos se intentan alcanzar.

Es demasiado tarde para los ojos tristes que se alejan. Se escucha el eco de un suspiro resonando en el mármol y el tropiezo de unos pies inseguros.

A veces solo hay negro o blanco y, en ocasiones, el último ni siquiera es una opción.

¿Quién decidirá de los dos, entonces? ¿Aquella que ha permanecido desde el principio, o la que prácticamente no ha hecho acto de presencia?

Ambas pelearán ante la implacable vista del insomnio y ninguna sobrevivirá. Una decisión que fue tomada sin importar por quién y una actuación de un solo acto forman un bucle de precoz final.

Game Over

Por muy dulce que sea el beso depositado, la sangre no cesará. Deslizará empapando los labios que tiempo atrás pudo calmar. Creará un lago escarlata a sus pies, silencioso y áspero como el tiempo. Las caricias de una mano acristalada solo reabrirán viejas heridas. No se detendrán, por muchas lágrimas derramadas. ¿Cuánto egoísmo se esconde tras esa sonrisa mortal?

El mar se secó y las estrellas dejaron de caer. En el silencio de la inquebrantable noche pude escuchar los gritos de agonía. Sobreviví al tan esperado calor, que acabó quemando el mismo hielo. Creímos ser dos críos con derecho a todo y consideración a nada. Nos quemamos con el suelo que nos sostenía. Hicimos oídos sordos a la melodía que habíamos creado. Y destruimos todo.

El sol dejó de esconderse y, con él, las nubes que durante tanto habían tapado la verdad. Volvieron el frío y la calma, y se detuvo el tiempo. En el amanecer se curaron los rasguños y hematomas. Empujé la rueda y aprendí lo que es el verdadero calor. El fuego ya no fue necesario ni extrañado.

Y, a pesar de todo, intentas arreglar un juguete que tú mismo rompiste. Tratas de reanudar un juego que nunca debió dar comienzo. ¿Acaso no eres consciente de que desgarramos el tablero con nuestras propias manos? No existen ya la meta ni la salida, solo un incómodo silencio que lo inunda todo.

Los días brillan más ahora que mi fuente no fluctúa, ahora que no huye. Mis manos congeladas han dejado de herir y las quemaduras han sanado, mas nunca desaparecerá su recuerdo.

Ya no queda ningún jugador en pie.

Felicidades, has perdido tu propio juego.