Es solo una noche de verano más. Una en la que la mente grita y los músculos palpitan. Una de las primeras noches de este esperado verano que parece no llegar nunca. La noche más corta se convirtió en la más larga, y el amanecer anunció su sentencia. El silencio se hizo eterno ante preguntas sin respuesta. Las mentiras y verdades fueron calladas, pues a veces es mejor no decir nada.
El ritmo se aceleró y la respiración se volvió forzada. Los pulmones que se llenan con la fría brisa de la mañana tras una noche a recordar, ocupan un pecho inquieto.
Sin embargo, no pasaba nada. El sueño apaciguaría las dudas y la lucha, hasta que se vio derrotado por un viejo amigo. Y con él, regresaron la noche y los gritos que, aun siendo silenciosos, componían una sinfonía aterradora, un soneto olvidado.
Blanco a rojo en ambos bandos y un contacto doloroso pero extrañado. Un apretón que suplicaba lo que nunca fue concedido. Una mano rechazada y un puñal ensangrentado. Una pieza de puzzle metida a la fuerza lejos de su lugar. Un patrón escrito y desechado por miedo a perder algo valioso. Dos espaldas cuyas manos se intentan alcanzar.
Es demasiado tarde para los ojos tristes que se alejan. Se escucha el eco de un suspiro resonando en el mármol y el tropiezo de unos pies inseguros.
A veces solo hay negro o blanco y, en ocasiones, el último ni siquiera es una opción.
¿Quién decidirá de los dos, entonces? ¿Aquella que ha permanecido desde el principio, o la que prácticamente no ha hecho acto de presencia?
Ambas pelearán ante la implacable vista del insomnio y ninguna sobrevivirá. Una decisión que fue tomada sin importar por quién y una actuación de un solo acto forman un bucle de precoz final.
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