Hasta que dejan de hacerlo. Las uñas desgastadas se clavan,
rasgando y arrancando todo lo que encuentren a su paso: ropa, carne, sangre. El
rojo borbotea y escapa junto a los gemidos. Los crujidos del blanco no son ya
escuchados. La pobre y barata imitación de una vida que se esfuma con la noche,
los restos de un cuerpo que ya a nadie esconden.
¿A quién pretendes engañar con tu absurdo papel? ¿Quién quedará
para recoger el polvo y las cenizas dejados por una destrucción infame y despreciable?
Carne y hueso se funden al alba, espectro que se desvanece bajo
la oscuridad de mi cama. Solo quedan el silencio y los jadeos agotados de un
juguete roto. Unos ojos que resurgen de la masacre y nunca se abrirán.
El final que una sonrisa artificial no pudo soportar.
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