¿Lo has oído? El canto de los pájaros tratando de llamar
tu atención. Envidiosos. Les cortaría las alas para enseñarles quién manda,
pero sé que no es necesario. No pueden alcanzarnos. Nada puede llegar a la
altura que tú y yo conquistamos juntos. Ningún ave, ningún ser. Esa altura a la
que me trasladas cuando me rodeas con tus cálidos brazos, cuando me pierdo en
ellos.
La niña dentro de mí tiene miedo a no ser capaz de huir,
a no poder salir. Está asustada por no encontrar la salida a ese laberinto
apacible y cómodo que la llena de felicidad y tranquilidad. Nunca ha conocido
nada semejante. Convencida de que es una mentira, un paisaje inventado, quizás
por sí misma, para mantenerla alejada del mundo, para no sentir dolor; palpa
las paredes con la mezcla de miedo y esperanza a que todo ese laberinto
desaparezca, a que sólo sea un buen sueño que recordar cuando despierte en el
infierno y pueda retozar con la amabilidad de los sueños dulzones. No quiere
perderse, sólo se tiene a sí misma.
Pero a mí no me importa. No me importa vagar por ese
laberinto sin encontrar una salida. Ojalá no exista. Cada vez me adentro más y
más en ese laberinto cuyas paredes son tus caricias, cuyas enredaderas son tus
abrazos y cuyos caminos sin salida son tus besos que me impiden dar marcha
atrás. Quiero conocer cada palmo de ese laberinto hasta ser capaz de perderme
en él por completo, de no encontrar la salida jamás.
Porque ya no puedo escuchar a los pájaros cantar. Porque
ya no puedo ver a los pájaros volar. Porque ya no puedo ver el cielo ni el
suelo. Las plantas y sombras me cubren y rodean, acorralan mi cuerpo agazapado
sin dudarlo un instante. Ya no encuentro el camino que me aparte de ti, y no
hay mejor muerte que ésa.
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