sábado, 30 de mayo de 2015

Tus manos juguetonas se deslizan por aquellos paisajes agrestes, aquellas pequeñas curvas cuyos secretos sólo son revelados a ti. La luna y sus compañeras, traviesas, desprenden su débil luz en el sudor de esta noche de fulgor, lo suficiente para iluminar tus movimientos, lo suficiente para que la noche siga siendo sólo nuestra. Intento apartar de mi cabeza el deseo irrefrenable de apartar la mirada, pero es inevitable. Miro al cielo, a esas estrellas traicioneras que nos observan con curiosidad y parsimonia. Su presencia me hace morderme el labio. Las odio. Cuánta ansiedad me produce el simple planteamiento del infinito número de estrellas. ¿Habrá tantísimos seres como tú y como yo, que empezarían a ser felices al conocerse, pero viviendo en mundos diferentes? Qué triste es que la persona que haría que disfrutaras de la vida esté tan lejos, tan inalcanzable. Qué triste es, aún más, saberlo y no poder estar junto a ella. La ignorancia es el consuelo del infeliz. Me pregunto hasta qué punto es necesario derrochar tantas palabras en pos de mi propio consuelo. La ignorancia me hará feliz pero, ¿quiero ser feliz en un mundo falso e ignorante? ¿En mi propio mundo?

Clavo mis uñas con más ahínco y escondo mi cabeza en tu pecho. La calidez que emanas es reconfortante pero ¿hasta cuándo? ¿Llegará un momento en el que nada me reconforte, de nuevo? ¿Un momento en el que el cansancio y la desesperanza superen a la voluntad, y me encierre en mí misma de nuevo? Un momento dulce y apacible en el que toda preocupación se desvanezca, en el que una sonrisa efímera marque un final lleno de dolor para unos, y calma para esa sonrisa que se desvanece cual hoja otoñal, cual viento primaveral; esa sonrisa de rendición a la vida.  

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