Tus manos juguetonas se deslizan por aquellos paisajes
agrestes, aquellas pequeñas curvas cuyos secretos sólo son revelados a ti. La
luna y sus compañeras, traviesas, desprenden su débil luz en el sudor de esta
noche de fulgor, lo suficiente para iluminar tus movimientos, lo suficiente
para que la noche siga siendo sólo nuestra. Intento apartar de mi cabeza el
deseo irrefrenable de apartar la mirada, pero es inevitable. Miro al cielo, a
esas estrellas traicioneras que nos observan con curiosidad y parsimonia. Su
presencia me hace morderme el labio. Las odio. Cuánta ansiedad me produce el
simple planteamiento del infinito número de estrellas. ¿Habrá tantísimos seres
como tú y como yo, que empezarían a ser felices al conocerse, pero viviendo en
mundos diferentes? Qué triste es que la persona que haría que disfrutaras de la
vida esté tan lejos, tan inalcanzable. Qué triste es, aún más, saberlo y no
poder estar junto a ella. La ignorancia es el consuelo del infeliz. Me pregunto
hasta qué punto es necesario derrochar tantas palabras en pos de mi propio
consuelo. La ignorancia me hará feliz pero, ¿quiero ser feliz en un mundo falso
e ignorante? ¿En mi propio mundo?
Clavo mis uñas con más ahínco y escondo mi cabeza en tu
pecho. La calidez que emanas es reconfortante pero ¿hasta cuándo? ¿Llegará un
momento en el que nada me reconforte, de nuevo? ¿Un momento en el que el
cansancio y la desesperanza superen a la voluntad, y me encierre en mí misma de
nuevo? Un momento dulce y apacible en el que toda preocupación se desvanezca,
en el que una sonrisa efímera marque un final lleno de dolor para unos, y calma
para esa sonrisa que se desvanece cual hoja otoñal, cual viento primaveral; esa
sonrisa de rendición a la vida.
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